
Algunos eruditos locales, ya en el siglo XIX, dejaron constancia en sus escritos de la importancia del yacimiento de Doña Blanca y, ya en el siglo XX, el investigador alemán A. Sulchetn publicó un plano con los restos arqueológicos visibles de la zona, que identificó con el Puerto de Menesteo, enclave comercial citado en los textos de Estrabón. A pesar de estos precedentes, no se emprendieron excavaciones arqueológicas hasta 1979, que se prolongaron en distintas campañas hasta 1995.
Durante los primeros años de prospecciones, fue decisiva la abundante presencia de cerámicas del Bronce Final para interpretar el yacimiento como un asentamiento indígena que había tenido un gran impacto fenicio por la proximidad de la antigua Gadir.
Con el avance de los trabajos arqueológicos llegó a afirmarse que se trataba de un asentamiento de origen fenicio. Por tanto, el yacimiento del Castillo de Doña Blanca es, indiscutiblemente y desde su origen, un enclave excepcional para comprender la trascendencia cultural de la colonización fenicia en el territorio andaluz y, concretamente, en la Bahía de Cádiz. Ilustra a la perfección sobre cuáles son las principales características de los primeros núcleos urbanos en nuestras costas y acerca de las técnicas constructivas que, a partir de entonces, sirvieron de modelo para otras poblaciones.
Su prolongado período de habitación permite, además, seguir la evolución de este asentamiento hasta el abandono de la zona, avanzado ya el siglo III a. C., dentro de un contexto histórico que se sitúa en el período de disputas entre cartagineses y romanos por el control del territorio hispano durante la Segunda Guerra Púnica, que tuvieron como consecuencia la pérdida de las posesiones cartaginesas en la Península Ibérica y su conquista por los romanos.
Vista aérea del condado