Introducción histórica

El origen de los fenicios y la colonización

 

Los fenicios, habitantes de una estrecha franja costera de la costa asiática del Mediterráneo oriental, entre las montañas del Líbano y el mar, eran un pequeño pueblo semita, que se llamaba a sí mismo cananeo y que los griegos denominaron "Phoenix" en referencia al color rojo oscuro, purpúreo o castaño de sus tintes.

Sus ciudades estaban situadas generalmente en promontorios y junto a ensenadas que utilizaban como puertos y, en algunos casos, como sucedió en Tiro, se levantaron sobre islas muy cercanas a tierra firme. Aunque disponían en su entorno de abundante agua y tierras fértiles y, sobre todo, de una gran riqueza forestal proporcionada por los espesos bosques de cedros -madera muy apreciada en Mesopotamia y Egipto a finales del siglo IX a. C.-, iniciaron un proceso colonizador por las costas del Mediterráneo que les llevó a establecerse en poco tiempo más allá del Estrecho de Gibraltar.

Las causas que pudieron motivar la marcha fenicia son numerosas, aunque la actividad comercial se ha considerado tradicionalmente como la principal. Estas necesidades de comercio a través del Mediterráneo pudieron estar provocadas o bien por la imposibilidad de crecimiento interior, al estar delimitados por una elevada cadena montañosa, o bien por la presión, cada vez más acuciante, del imperio asirio y la necesidad de conseguir ciertos metales -oro, plata y estaño-. Lo cierto es que se ha considerado este último hecho, la necesidad de obtener metal, como el motivo que impulsó a estos navegantes y aventureros fenicios a expandirse y crear intercambios a gran distancia, que se tradujeron finalmente en una enriquecedora ampliación de las relaciones entre los pobladores de distintas regiones mediterráneas.

Durante una primera etapa, las colonias fenicias comenzaron a implantarse en la zona próxima a las metrópolis orientales. Éste es el caso de la colonia más antigua, Kitión, en la isla de Chipre, desde donde controlaban el comercio del cobre. Más tarde alcanzaron el Mediterráneo central y, posteriormente, las costas más occidentales y del Atlántico.

Su interés por el sur de la Península Ibérica radicaba en la extraordinaria riqueza mineral de este territorio, sobre todo en plata y estaño, que podía localizarse en las sierras situadas al norte del Guadalquivir o del área onubense. Eligieron como núcleo para sus asentamientos pequeñas islas cercanas a la costa, penínsulas o promontorios rocosos en las proximidades de los ríos, donde era posible disponer de embarcaderos protegidos de los avatares del mar abierto. Así, la insularidad de Cádiz respondía a este modelo y satisfacía las necesidades de estos comerciantes fenicios.

Su llegada supuso una serie de cambios para las poblaciones indígenas, con las que establecieron rápidamente lazos comerciales, aprovechando con habilidad una infraestructura comercial ya existente. No se ciñeron a un trato estrictamente mercantil, sino que además aportaron ciertas innovaciones técnicas a la economía y la cultura material de las poblaciones peninsulares: la escritura, nuevos cultivos -el olivo-, animales domésticos, la elaboración de salazones de pescado, el desarrollo de una nueva arquitectura y nuevas técnicas de construcción en viviendas y murallas, la metalurgia del hierro y el torno del alfarero.

Además, con ellos llegó un nuevo mundo de creencias y valores sociales que las sociedades indígenas adaptaron, como el culto a algunas de sus divinidades.

Fenicios en Gadir y Doña Blanca

Los fenicios, a principios del primer milenio a. C., comenzaron una aventura expansionista a lo largo del Mediterráneo, que alcanzaría el lejano Occidente y llevaría a la fundación de Gadir en torno al año 1100 a. C.

Gadir, que significa recinto cerrado o amurallado, fue levantada por los fenicios de Tiro, según la creencia histórica, ochenta años después de la caída de Troya, que tradicionalmente se sitúa en el año 1184 a. C. Estos fundadores llegaron tras varias expediciones por el sur de la Península, mediante las que recalaron primero en Sexi (Almuñecar) y Onuba (Huelva) y, posteriormente, en Gadir, cuya actividad principal vino de la mano del intercambio mercantil y la navegación, que le llevó a ocupar una excelente posición en las relaciones con las sociedades tartésicas y el resto de las colonias fenicias.

Gadir pasó a convertirse, de este modo, en una de las principales plazas fenicias en el Mediterráneo occidental. Sus habitantes eran los intermediarios del comercio y la explotación de los ricos metales que se extraían del subsuelo andaluz, lo que permitió a esta Cádiz primigenia controlar las salidas de las explotaciones mineras de Sierra Morena, el Guadalquivir, el norte de Huelva y la costa atlántica -con un monopolio que se mantuvo prácticamente hasta la llegada de los romanos- y ser, por tanto, el puerto de embarque hacia Cartago y el Mediterráneo central y oriental.

Doña Blanca sería de esta forma un enclave en tierra firme -a diferencia del carácter puramente insular de Gadir-, que permitía el control de las vías de comunicación terrestre, fluvial y marítima y que, además de la riqueza pesquera de la zona, gozaba de buenas tierras de labranza y pastizales. Fue transculturado tempranamente por la imponente fuerza de los fenicios gaditanos.

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