La aparición de las culturas del Occidente peninsular coincide con la expansión fenicia por todo el Mediterráneo y, en el Castillo de Doña Blanca, concretamente, a partir del siglo VIII a. C., con el surgimiento de los primeros indicios de ocupación.
En un primer momento se trataría de un pequeño establecimiento en una zona intermedia, que le permitía un mayor control comercial y de explotación de recursos agropecuarios y pesqueros, que pronto alcanzaría una superficie considerable y daría cabida a una población de unos 1500 habitantes. Surge así una verdadera ciudad fortificada, que funciona como centro de poder político y económico, puerto comercial y plataforma receptora de materias provenientes del Mediterráneo y de redistribución hacia los poblados indígenas.